martes, 6 de enero de 2009

CUENTO DESDE SYDNEY PARTE II

LA VIRGEN DEL CAMINO PARTE II

Pasaron las horas y a pesar de que en los planes de mi padre había llegado la hora de comenzar el regreso al norte, camino a nuestro hogar, a sus anfitriones no les costó mucho convencerlo que se quedara a comer...Como una película que uno ya ha visto antes, tuve que repetirme todo lo sucedido al almuerzo: el mismo ritual fue seguido fielmente. Tal vez, lo único diferente fue que al final de la comida la copa de « cognac » fue seguida por uno o dos whiskies (o muchos más).

Cuando por fin llegó el momento de partir rumbo a casa, 150 kilómetros al norte de donde estabamos, mi padre, apoyado por sus ruidosos amigos, llegó a la conclusión que era peligroso que él condujera...Todos sus amigos lo miraron con caras de signo de interrogación, como preguntándose en silencio, « entonces, quién va a conducir ? ». Antes que nadie pudiera abrir la boca para hacer la pregunta, John Bull, con mucho orgullo y con un tono de voz ligeramente arrogante dijo, « Traje a mi copiloto »... Volviéndose hacia mi asustada persona, agregó, « Mi hijo, hijo de tigre, es un gran conductor », en un tono de voz pasado a vino (del bueno), cognac y whisky.

Los amigos desparecieron en la oscuridad de las calles y mi padre, una vez que nos quedamos solos, me dijo de manera muy solemne : « Yo voy a conducir hasta la salida de la ciudad...Una vez allí, tú te haces cargo ». En los quince minutos que nos demoramos en llegar a la salida norte de la ciudad, mi padre, nuevamente con la solemnidad que a algunos seres humanos les da el haber consumido unas copitas de más, me dió las últimas instrucciones. « Lo mas importante », me dijo, « es que te salgas del camino y cedas el paso cuando veas a un vehículo viniendo de norte a sur »... « Esto no está escrito en ninguna parte », continuó, « pero es la convención... »

En mi mente de pre-adolescente, todos mis pensamientos (impregnados de gruesas capas de ansiedad) corrían a gran velocidad...Calladamente, con los ojos extremadamente abiertos, tan abiertos que me dolían, me decía a mi mismo de manera repetitiva (como cuando uno se está aprendiendo las tablas de multiplicar), « Si ves una luz viniendo en dirección contraria, sálete del camino, y espera que el vehículo pase antes de volver al camino y continuar... ».. « Si vez... »

Llegamos a la salida norte. John Bull detuvo al Jeep y aprovechando la parada, refugiándose detrás de una garita de policía en desuso ubicada en el medio del desierto, se puso a orinar,a « cambiarle el aguita a las aceitunas », como decía él jocosamente. Yo, estaba tan nervioso que no fuí capaz de hacer lo mismo, a pesar de que mi flaco cuerpo me lo pedía a gritos. A su regreso, sin decir absolutamente nada (lo cual acrecentó mi ansiedad), se subió al Jeep, al lado opuesto del conductor y, como por arte de magia, tal vez confiando totalmente en su hijo o con tus facultades mentales anestesiadas por el vino, el cognac y el whisky, apoyado en la ventana lateral del vehículo, se puso a dormir.

Ahora me tocaba a mi, pensé...150 kilómetros...En mi mente y bajo las circunstancias en que yo me encontraba, me parecía que cada kilómetro tenía mucho mas de mil metros. Le tuve que dar dos oportunidades al motor de partida...Por fin logré echar a andar el motor...Sin sacar los ojos de todo lo que yacía mas allá del parabrisas, traté de poner la caja de cambios del Jeep en primera...La caja de cambios se quejó ruidosamente pues, creo yo ahora, mas bien estuve entre primera y tercera, en un lugar indefinido de su anatomía.

Comencé a paso de tortuga..No sabía a que velocidad iba...No me atrevía a mirar el marcador de velocidad, pues, para hacerlo, tenía que sacar los ojos del camino...Mis ojos estaban pegados al parabrisas y mas allá...Un par de veces, a manera de práctica, pisé el cambiador de las luces, que en el Jeep se encontraba en el piso, junto al embrague : luces altas, luces bajas (y viceversa) para hacer lo correcto y estar bien preparado, para cuando realmente tuviera que hacerlo. Un poco mas adelante me atreví a « pisar el acelerador »...Aún no sabía a que velocidad realmente ibamos pero a mí, con mi ansiedad y nerviosismo, me parecía que volabamos.

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