martes, 6 de enero de 2009

UN CUENTO PARA COMPARTIR DESDE SYDNEY, DE NUESTRO PROFE. EDUARDO OWEN

LA VIRGEN DEL CAMINO PARTE I

Cuando todos mis amigos andaban a la busqueda de sus « modelos de hombría » en personajes como Supermán, Tarzán o Flash Gordon (ya que sus padres, hermanos mayores y otros miembros de sus familias no satisfacían sus requerimientos), yo ya tenía a mi « modelo » en un alto pedestal. Este modelo era nada menos que mi padre, John Owen o John Bull, como era conocido por muchos de sus amigos mas íntimos.

John Bull, era un hombre amistoso y gregario, era el amigo de todos, conocidos y extraños. Daba hasta que le dolía. Era generoso a tal extremo que mi madre tenía que supervisar su generosidad para que pudieramos conservar lo que teníamos. No era gran novedad ver a uno de esos vagabundos de ciudad chica, cuyo domicilio es todo el pueblo y su dormitorio se encontraba donde lo sorprendía la puesta del sol, vistiendo ese hermoso nuevo chaleco que mi madre, con mucha maestría, orgullo y cariño, le acababa de tejer a John Bull. « El pobre tenía frío », era la simple explicación que mi padre daba, con una sonrisa en la cara...y se volvía a poner el chaleco que mi madre le tejiera unos cuantos años atrás (y que muchas veces necesitaba « reparaciones », como mi madre llamaba al remendar).

Mi padre también era un hombre de lo que él llamaba « amigo de las filosofías activas de la vida», filosofías sin teoría, basadas en la vida práctica y la realidad. En otras palabras, el creía, por ejemplo, que a golpes se aprendía. Para él, el cometer errores en el camino, era la mejor manera de llegar sano y salvo al final de todos los caminos que el futuro nos ofrecería en la vida. Cuando yo tenía doce años, John Bull decidió que ese era el momento adecuado para enseñarme a conducir el Jeep que su compañía minera poseía (ya que yo, en el contexto de las estaturas chilenas, era alto para mi edad y llegaba a los pedales del embrague, el freno y el acelerador sin problemas). Desde luego que las lecciones de conducción fueron llevadas a efecto a espaldas de mi madre, sobreprotectora por excelencia, y, después de someter al disco de embrague, la caja de cambios y los frenos del Jeep a las más horribles torturas, al cabo de unas semanas, recibí oralmente, de la boca de John Bull (mi instructor de conducción), mi primera licencia extraoficial de conducir. Más tarde, cuando mi madre descubrió lo que había sucedido, a manera de castigo no lo habló por varias semanas (después descubrí que mi padre ésto lo veía como una bendición o, como él lo decía, « una vacación para sus oídos »).

Pasaron los meses, con permiso de mi padre, y aprovechando la oportunidad de que éste y el Prefecto de Policía de nuestra pequeña ciudad eran muy buenos amigos y, por ende, los policías « hacían la vista gorda » cuando me veían venir conduciendo, yo solía « practicar » (sometiendo al pobre Jeep a los mas severos castigos) en lugares deshabitados como las playas y los cerros, donde haciendo uso de la doble tracción del fiel y sufrido vehículo, me dedicada recrear el ambiente de esas películas acerca de la Segunda Guerra Mundial que eran tan populares en aquellos días. En mi imaginación, yo era John Wayne, Alan Ladd o Robert Mitchum, conduciendo por las arenas donde desembarcaban los « Marines » norteamericanos, evadiendo a gran velocidad y con mayor destreza, las balas de las ametralladoras Nazis y japonesas.

Meses más tarde, mi padre tuvo que viajar a la capital de la provincia, situada 150 kilómetros al sur de nuestra ciudad y, desde luego, este viaje de negocios sería hecho en el Jeep, su vehículo favorito. Con gran oposición de quien me diera a luz, John Bull me llevó con él, como « copiloto » como él me describió una vez que pensó que mi sobreprotectora madre no lo estaba escuchando. Era « un viaje por el día » y el camino sin pavimentar, era de una sola pista. Estaríamos de regreso « temprano al atardecer ».

Pasamos el día en reuniones de negocios (yo sumamente aburrido y sonriéndole a todos para que me dejaran tranquilo). Después vino el almuerzo, frugal, « bien regado » con los mejores vinos y terminado con una copa de un añejo « cognac » (acompañado con un puro habano, que me forzó a buscar refugio en el patio de luz del restaurante para no terminar ahumado o asfixiado). Después de lo poco que quedó de la tarde, a continuación de ese almuerzo larguísimo, siguieron las reuniones. Esta vez, todos hablaban menos y a mí me costaba aún más entender lo que decían (y las tazas de café no dejaban de llegar). Me pareció que algunos de los participantes habían logrado llegar a dominar el arte de « dormir una siesta con los ojos abiertos ».

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