martes, 29 de abril de 2008

SANMARQUINOS, FRANCO SANGUINETTI NOS REENVIA UN RECUERDO DE ARICA SOBRE EL MUNDIAL DEL 62, ESCRITO POR PATRICIO NEGRETE

ENVIADO POR FRANCO SANGUINETTI, PARA EL BLOG QUE FUE REENVIADO POR EL AMIGO DE FRANCO, ROBERTO NEGRETE, ESCRITO POR SU HERMANO PATRICIO NEGRETE.
El mundial del ’62 (Subsede Arica)*.

Corrían los días finales de abril de 1961, los semanarios deportivos daban una cuenta bastante más detallada que la entregada por los diarios de días pasados acerca de la llegada, estadía y retorno de la delegación designada por la FIFA para efectuar una amplia revisión de los avances efectuados por el país respecto del conjunto de habilitaciones ofrecidas con motivo de la próxima realización del Campeonato Mundial de Fútbol en 1962, teniendo a Chile como país sede y a Rancagua, Santiago, Viña del Mar y Arica como ciudades subsedes.

Los encomendados por el máximo organismo del fútbol profesional para el mejor cumplimiento de la misión fueron los señores Graham York de Gran Bretaña y Liev Grossinsky de Polonia, quienes se dividirían la visita de inspección a las cuatro ciudades según programa preestablecido.

Para el Comité Organizador ariqueño los inconvenientes se sucedían y por sus cabezas siempre pasaba la idea que cuando don Carlos Dittborn dejara a perpetuidad su frase pronunciada en aquellos salones de la fría Estocolmo “porque no tenemos nada, es que queremos tenerlo todo”, estaba pensando en la ciudad de la eterna primavera y no en ellos ni en lo mucho que costaba ahí sacar adelante cada cosa.

Un nuevo problema, no menor, aconteció el año anterior. El terremoto de Valdivia y su secuela de destrucción y muerte, obligó a concentrar recursos humanos y materiales –que estaban lejos de sobrar en el país- para ir en ayuda de las personas y ciudades afectadas, al punto que el Presidente Alessandri Rodríguez, un ingeniero decididamente cartesiano, austero hasta la saciedad, y lejano de la frivolidad, el deporte y los gustos populares, no dudó en poner en discusión la eventual renuncia del país a la organización del Campeonato de los peloteros, como lo llamaba en privado. Al final se logró convencerlo por el daño que sufriría la imagen nacional en el exterior pero más que nada cuando se acordó que ni un dólar y ni un solo peso que se destinara para este fin sería restado a las necesidades de la reconstrucción en el sur.

El limpio acuerdo del Presidente de la República, su gabinete y principales asesores obligó a los ciudadanos implicados en cada subsede a aguzar el ingenio si se quería llegar a la meta. Así, en Arica, los profesionales del Ministerio de Tierras estiraron sus horarios (o trabajaron a gusto el tiempo normal) para determinar el lugar en donde se ubicaban los terrenos con la más rica capacidad vegetal que permitiera reemplazar la dura arcilla de las canchas, la principal y dos de entrenamiento, del Estadio Municipal levantado en 1958. La familia Mossó facilitó para la remoción parte de los terrenos no explotados de sus parcelas en Azapa, la Federación de transportistas y Se Fleta colocó a disposición el conjunto de camiones y camionetas de que disponían, los sindicatos de la construcción –con Atencio a la cabeza- concurrieron con sus voluntarios para efectuar las duras labores de la extracción de tierra a cambio de unas colaciones de empanadas y pilseners, aportadas por las familias Loredo, Restovic y Notoi. La semilla de pasto venía de Santiago y corría por cuenta de los Dittborn, Alvear, Goñi y Labán.

La primera experiencia de la implantación del pasto inglés fue un fracaso total y no faltó quien en su fuero interno responsabilizara de ello a la tríada Díaz, Luque y Muñoz, ya que con ellos la cosa no podía ir más que negra.

El segundo paso no fue mucho mejor, lo que ya dio campo libre a expresiones de ese sutil racismo tan nacional, pues la cancha principal pasó a lucir unos manchones de un verde-amarillento incipiente en algo así como un 35% de su extensión, siendo el resto de un humus grisáceo francamente descorazonador.

En este contexto, la subcomisión que preparaba la recepción del delegado Grossinski había contratado el Gran Parque Rosedal a puertas cerradas, traído de Santiago a la Pitica Ubilla, la grande o verdadera como dicen los mayores, y a la “Perla del Rímac” que en verdad era una agraciada morena de unos veintitantos años nacida en el barrio de Conchalí, o sea, más cerca del Mapocho que del río limeño que le daba el estilo para la ocasión. También venían Los Flamingos, grupo vocal muy de moda por ese entonces, de cuyos integrantes dos se irían después por el duro camino del humor (Armando Navarrete y Jorge Cruz).

El grupo creativo de los organizadores (el “Pera de chivo” y el “Cabeza de pato” entre ellos) partió del estereotipo que los polacos son buenos para el trago y la juerga (así como las polacas tienen una muy bien ganada fama de hermosas) y se prepararon a conciencia en esa dirección pero carentes de un plan alternativo, el que resultó absolutamente necesario cuando Gárate (negro también) recibió el llamado de Santiago en el que Pilassi le confirmaba que Mr. York estaba viajando en el vuelo 91 de LAN Chile en dos días más, en conformidad al télex enviado por la FIFA en el que se introducían leves modificaciones en la programación del viaje de sus representantes.

- Pero cómo, de qué cable me hablas? Tú sabes que estamos listos para recibir al polaco…
- No hombre, que no da lo mismo… Qué tú vengas no nos cambia lo esencial, esto es terrible!! Discúlpame el lenguaje, pero esto es la cagada misma!!!
- Sí hombre, te escucho bien, pero es que me cuesta mantener la calma, entiendes tú?

El asunto del idioma daba lo mismo pues ya estaba contratado Mr. Jenkins, el petiso de la humita y suspensores permanentes que impartía clases en el San Marcos y en la sede local del Norteamericano Ya se veía feo que ninguno de los integrantes del Comité hablara inglés frente al polaco o daba lo mismo, pero ahora con un británico…Y el tiempo tampoco daba para clases intensivas a quienes habían demostrado en meses avances muy menores.

La suerte estaba echada, los que entendían inglés sabían un carajo de estadios y deportes, los anglo descendientes apenas usaban el fuck en citas secretas y los entendidos en la actividad física no pasaban del made in heredado del Puerto Libre. Los que estaban eran los que eran y no quedaba sino apelar a la leyenda famosa de la Toma del Morro en 1881, chupilca del diablo y vamos apechugando no más.

Ante el grupo de alelados dirigentes nortinos en el galpón de calamina de lo que sería varios años después el Aeropuerto Internacional de Chacalluta se posó el DC-6B, y por la escalerilla descendió un hombre más alto que el común de estos lados, terneado de un negro riguroso y un calzado que solo dejó de brillar una vez cubierto el tramo entre la nave y el hangar: Mr. York, de cuerpo presente para mal de males.

Mr. Jenkins se le acercó con paso ligero, se presentó como el official translator y lo acompañó a saludar a los 41 integrantes de la comitiva que lo esperaba, a los que dirigió unas palabras protocolares más bien breves y que sus anfitriones sintieron tan secas como el entorno de la pista de aterrizaje y despegue. Se subieron todos en los varios taxis americanos puestos al servicio por el gremio, en el primero de la fila Mr. York y Mr. Jenkins en el asiento de atrás, el Presidente del Comité, un panzón que era la caricatura de cualquier dictador centroamericano, salvo por sus trajes oscuros, al lado de San Martín (que era golkeeper de uno de los clubes en la Liga de Empleados) en su Ford ’57 y a cargo de su conducción. Más cerca de las 17 horas la comitiva de vehículos emprendió rumbo a la ciudad por la infinita huella de tierra gris y frente a la cárcel de mujeres, a la entrada del camino al valle de Lluta, se pudo leer un lienzo con una frase sincera: Wellcome to Arica, FIFA delegator. El destino fue el recién inaugurado Motel Azapa, que como todas las tardes y noches ofrecía espectáculos bailables para la sociedad ariqueña a cargo de Totó y su órgano Hammond, en donde la cena se empezó a servir apenas pasadas las 20 horas y luego que el visitante dispusiera de un espacio razonable para descansar del largo viaje desde la capital. A las 9 y media estaba dispuesto al lado de su carro un divertido San Martín con la misma corbata y terno de la salida del aeropuerto, ahora con rumbo a la calle Velásquez con su local preparado para una noche larga y especial.

Contra todas las señas hasta ahí recibidas, Mr. York demostró ser un tipo cuya simpatía se desplegaba, como casi a todos los hombres, a medida que apuraba lo que llamaba very good scotch y que pasó a rayar en la excitación cuando Mariela, como también se hacía llamar la Joya del Rímac, terminó su actuación al borde de la mesa que ocupaba y aceptó encantada venir a compartirla una vez que se cambiara en su camerino, todo esto llevado adelante por un atragantado y, no se puede negar, decepcionado Mr. Jenkins: Y con escenas grabadas para la posterioridad por el “Pájaro Loco”. El resto de esa tibia noche queda a la imaginación de cada quien y apenas interesa señalar aquí que los dirigentes ariqueños consiguieron que el ya efusivo británico accediera a modificar el horario de visita a los terrenos del estadio de las 10 a las 8 de la mañana del día siguiente.

A partir de las 7 de la mañana ingresó por la pista de ceniza del estadio una caravana de camiones aljibe de la Junta de Adelanto (JAA), esos Ford ’61 rojos con el estanque blanco, y sus operarios procedieron a vaciar las densas aguas en todos los lugares en donde no se veía crecer un pasto robusto, retirándose apenas media hora después dejando tras sí un fangal maloliente.

A esa misma hora, San Martín debía apelar a toda su musculatura para apuntalar a un Mr. York sin desayuno, algunas botellas de más en el cuerpo y otras señas de una noche que lo había llevado Rímac arriba y Mapocho abajo, subirlo al Ford y llevarlo al reconocimiento del terreno futbolístico distante a unas pocas cuadras. La suave fetidez del campo que los recibió no fue para nada un buen sedante para el deteriorado estómago del súbdito de la reina Isabel II por lo que aceptó sin remordimiento alguno la propuesta de la dirigencia local en el sentido de dar como positivas las champas verdes que se le pusieron más cerca de la vista y proceder a recorrer las otras instalaciones del estadio como los camarines, baños públicos y casetas para las transmisiones radiales, todo lo anterior traducido con la acuciosidad, parsimonia y flema de Mr. Jenkins, alejado unos metros de su objetivo. Concluido este breve recorrido el grupo se retiró en gran camaradería y de ellos no se supo más.
Cuando llegaron los periodistas santiaguinos a cubrir el encuentro citado para las 10 debieron conformarse con recibir una hoja mecanografiada que daba cuenta de la conformidad del delegado de la FIFA ante el avance de las obras y exaltando la gesta de un pueblo tan aislado del resto del país. “Caluga” Villarroel, Alvear, Fontirroy y otros desplegaron su mejor retórica para con sus colegas capitalinos, encerrados en una de las oficinas de la administración.

Quizá sea por eso que los pormenorizados informes de revista Estadio y el tabloide Gol y Gol para las restantes subsedes, en el caso de Arica quedaron acotados a que si bien era la más atrasada, no en vano era la única que partió del mínimo, sus trabajos se encontraban dentro de los plazos y nada hacia pensar que no pudiera cumplirse todo lo previsto y estar en condiciones óptimas para el 31 de mayo de 1962.

Por entonces, Mr.York ya debería estar en Ginebra haciendo el reporte a sus superiores junto a Grossinsky y, a lo mejor, todavía no había decidido qué hacer con ese sobre blanco tamaño carta y esas fotos, en blanco y negro, que tan bien obtuviera that thin man a quien todos allá llamaban “paaaro locou”.


*Sobre un relato de Patricio Negrete, médico-oncólogo, conversador exuberante.
Gracias Franco y Roberto, por compartir en el blog Sanmarquinosdearica este nostalgico reccuerdo.

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